Email del Dia
Recibido de un pana de la CCE.
Sobre la Asamblea Nacional Constituyente
Petronio Rafael Cevallos *
Se ha dicho que una Asamblea Constituyente es un organismo colegiado que tiene como función reformar o redactar la Constitución. Se suele definir, por algunos textos de Ciencias Políticas y Sociales, como la reunión de personas, representantes del pueblo, que tienen a su cargo dictar la ley fundamenta l de organización de un Estado o modificar la existente. O sea que la Asamblea Constituyente se consolida en un mecanismo participativo y democrático para la reforma total o parcial de la Constitución.
Históricamente, el concepto de Asamblea Constituyente se remite a 1789, cuando en Versalles, Francia, se reunieron los Estados Generales -el clero, la nobleza y el pueblo-, con objeto de redactar de forma conjunta una Constitución para Francia. El 9 de julio de 1789, los tres estados o estamentos, reunidos bajo el nombre de Asamblea Nacional, asumieron la calidad de Asamblea Nacional Constituyente.
En el Ecuador e impulsada por el actual gobierno, con un masivo respaldo del 82 % en las urnas, se ha ratificado la convocatoria a una nueva Asamblea Nacional Constituyente, (el país ha tenido ya 18, a más de una Constitucional y 19 constituciones en 177 años de vida republicana), cuyos delegados (seis de ellos por los ecuatorianos en el exterior –dos por Norteamérica, dos por Europa y dos por el resto del mundo) se elegirán el domingo 30 de septiembre del 2007.
En referencia al debatido tema de la Constituyente, Napoleón Saltos Galarza, sociólogo de la Universidad Central del Ecuador, explica que “los grandes procesos de fundación de las Repúblicas, desde la Revolución Francesa, la Revolución Americana, hasta los procesos contemporáneos de Cuba, Venezuela o Bolivia, empiezan por reconocer la originalidad de su propio camino, por reconstruir un imaginario colectivo de este recorrido, a fin de sentar la bases del nuevo contrato social para fundar o refundar las repúblicas. Aunque no sólo debemos mirar los procesos triunfantes, sino también los procesos truncos, sobre todo de los países vecinos, como el de la Asamblea Constituyente del 1991 en Colombia. En nuestro país este poder soberano se ha presentado únicamente en dos acontecimientos: la constitución de la República, como desenlace de los procesos ind ependentistas; y la constitución del Estado liberal, como desenlace de la revolución alfarista. Estamos ante la posibilidad de un nuevo momento fundante, la constitución de un Estado de bienestar común, como desenlace de la crisis del Estado y la democracia liberal, y de la emergencia de nuevas fuerzas sociales y políticas.”
En este sentido, vale recordar que una auténtica Asamblea Nacional Constituyente debe estar constituida por los mejores hijos e hijas de un país. Puesto que a ellas y ellos les compete re-escribir el Decálogo de la Nación; o sea, sus reglas fundamentales de juego. No se trata aquí de postular afanes aristocratizantes, sino de simple y llanamente establecer el rumbo hacia ese Parnaso de civismo paradigmático. Lo primero, hay que abrirles el camino a los más capaces, no a los capataces de la avaricia, no a los lacayos de la usura nacional y multinacional, no a los comodines del zafarrancho subastador, no a las endémicas y pandémicas corruptelas.
Por tanto, un candidato idóneo debe estar consciente de que tendrá que enfrentar formas de operar que se han fosilizado como dinosaurios de la conciencia pública, trincas encubiertas e insidiosas, lacras socioeconómicas y culturales que por fuerza debe derrotar. Pero el mejor candidato sabe también que representa y se debe al electorado que lo elije; que un pueblo, como cualquier individuo, debe recrearse a sí mismo; que la recreación es un imperativo categórico para el desarrollo y la posibilidad de plenitud de una nación; que la Constituyente es el verdadero foro político-moral que legitimará una impostergable refundación del Ecuador.
Por otro lado, quienes vayan de electores deben ejercer el voto no tanto como un derecho –que lo es- sino como un privilegio –que también lo es-, como un servicio a la sociedad civil de la que son parte, negándose rotundamente a las improvisaciones, a los oportunismos, a la fanfarria seudo-democrática, al servilismo electorero. Creo que debe manifestarse un sí contundente para quienes deberían representarnos con honestidad, capacidad y patriotismo. Se trata de una Asamblea Nacional Constituyente, no de un corrupto congreso más; de un foro amplio de ideas y proyectos, no de amarres y componendas; de análisis y consensos, no de la misma miasma de siempre.
Poderosa herramienta es la Asamblea. Según Rodrigo Losada, analista de la Universidad Javeriana de Colombia, “Por las necesidades que tiene el grupo que está al frente de algunos gobiernos, de contar con reglas que le permitan cumplir sus propósitos, la Asamblea Constituyente es el órgano más representativo de la voluntad popular; particularmente cuando el Congreso no permite reformular reglas fundamentales, entonces se recurre a un órgano que está por encima del Congreso, igualmente representativo, pero que tiene una agilidad mucho mayor para tomar decisiones”. Asimismo, Felipe Romero establece que “en la Asamblea los participantes provienen de un espacio común y su relación se mantendrá en el tiempo: son capaces por tanto de convertir su deseo en acción (por eso empresarios y sindicatos desconfían particularmente de las asambleas). En ese senti do se dice que son Constituyentes, por tener la capacidad de cambiar el orden establecido hasta el momento, conforme al deseo de los participantes.”
Resulta, pues, imprescindible que a la próxima Asamblea Nacional Constituyente -que se instalará en Montecristi (cuna del gran Eloy Alfaro), provincia de Manabí, a mediados de octubre del presente año- concurran las mentes más preclaras, las voluntades más íntegras y las sapiencias más humanitarias del Ecuador eterno y universal.
* Escritor ecuatoriano residente en los Estados Unidos, profesor universitario y ex presidente de la Casa de la Cultura de Nueva York
Friday, June 15, 2007
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